Perversidad

“Tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo?”. – El gato negro, Edgar Allan Poe.

Pocas citas de libros me han hecho reflexionar tanto como esta en concreto de Poe. Cualquiera que me conozca sabrá de mi afición por la literatura y lo mucho que significan los libros para mí. De hecho, dirijo una página sobre este tema. Es algo que va más allá del mero entretenimiento y de la afición. No es pasar el rato, simplemente: es cultivar el espíritu y la razón. Por ello, cuando encuentras un texto capaz de revolverte por dentro y despertar tus pensamientos hasta el punto de dejar el libro y sentarte a reflexionar sobre lo que acabas de leer, no deja de ser apasionante. Y más cuando tus propias reflexiones te obligan a ser escritas y compartidas. Es mi caso.

En un resumen muy sencillo, “El gato negro” cuenta la historia de un hombre afable y amante de los animales. Sin embargo, una vez se cruza en su vida el alcohol, no volverá a ser el mismo de antes. Ello traerá terribles consecuencias, como la muerte de Plutón, su gato negro. Juegos de palabras aparte, como el del nombre del gato (Plutón es el dios romano de la muerte); y dejando aparte temas como la muerte o lo sobrenatural, muy característico en la literatura de Poe; destaca el tema de la perversidad. Hacer algo malo por el simple placer de hacerlo. La maldad como forma de sentirse bien.

Pero, ¿es el ser humano perverso? La pregunta no es baladí: es esta cuestión la base sobre la que se sustenta toda la ciencia política y las teorías que ratifican o explican la existencia de los Estados modernos. Hobbes (al que he mencionado en algún artículo anterior) ya hablaba de que “el hombre es un lobo para el hombre”. El hombre es malo por naturaleza y el Estado existe para refrenar esos impulsos malignos. Para castigar los malos comportamientos.

Comprar los postulados hobbesianos me resulta difícil. Quizá tengo demasiadas esperanzas puestas en el ser humano o soy demasiado inocente; pero me resulta imposible pensar en que la gente es mala porque sí. Porque lo llevamos en el interior. Para mí es necesaria la constante de la razón tras nuestros actos y decisiones. Buscarles la lógica y el sentido.

Ahora bien, ¿podemos explicar algo que en muchas ocasiones no tiene explicación? ¿Podemos buscar el sentido a cosas que carecen del mismo?

¿Por qué se decidió Andreas Lubitz, el joven copiloto del avión de Germanwings, a acabar con su vida llevándose las de 149 personas más por delante? ¿Qué lleva a una persona a torturar y asesinar mujeres? ¿Y a unos padres a matar a sus hijos? ¿Y a terroristas a lanzar personas desde azoteas por su condición sexual? ¿Qué hay detrás de actos más cotidianos como reírse de la desgracia ajena? (Quizá la esencia del éxito de la telerrealidad esté en esta perversidad: regodearse en lo malo que le sucede a otra persona, con el único nexo de la pantalla de la televisión).

La respuesta más extendida sería algún tipo de desorden mental o, en el caso de los terroristas, un integrismo derivado de la interpretación errónea de sus escritos religiosos. Sin embargo, es muy fácil achacarlo todo a una simple enajenación. Es en estos momentos, cuando careces de una respuesta firme, cuando piensas realmente si no será verdad eso que dice Poe en la cita con la que se abre este artículo. Si no será la perversidad el motor de las decisiones del ser humano. El placer del dolor ajeno. ¿Somos malos por naturaleza?

Aunque quizá no sea cosa de la perversidad. Quizá sea todo cosa del egoísmo humano. Morir matando porque consideras que tu vida es más valiosa que la del resto (o porque no quieres morir solo). Asesinar a tu pareja porque no entiendes que pueda no quererte (o pueda temerte. Matar a tus hijos para que tu ex-pareja no disfrute de ellos tampoco. Matar a gente diferente porque no siguen tu mismo patrón. Reírte de ese chico gordito, o esa chica con aparato; solo para ocultar tus propios complejos. Quizá no seamos perversos por naturaleza, sino que seamos egoístas. O quizás egoísmo y perversidad sean las dos caras de una misma moneda.

O quizá volvamos a intentar buscar un sentido lógico a algo que no lo tiene. Porque es terrible pensar que somos perversos y que esto carece de solución. Quizá sea yo el único aterrado por esta perspectiva de que “no tengamos arreglo”. Del mal por el mal. Tomémonos el tiempo de reflexionar sobre esto. Porque no todo es política.

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