Mariano Rajoy, o el inmovilismo de la vieja política

“A veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, y eso también es una decisión”. “Hay muchas maneras de moverse y nadie ha dicho que estar quieto no sea una de ellas”. Por sus palabras lo conoceréis, y hay pocas frases que resuman de forma tan precisa la filosofía de Mariano Rajoy ante la política y ante la vida.

Nada es capaz de modificar esta forma de ver y vivir el mundo. Ni siquiera, la más certera bofetada (más bien puñetazo) de realidad: un joven que en plena campaña electoral se acerca para sacarse una selfie durante el paseo de los candidatos populares por Pontevedra e, ironías del destino, le asesta un gancho de izquierda en plena cara al presidente. Las gafas del aspirante a revalidar la presidencia del Gobierno vieron el suelo, dejando a su dueño (con 5 y 3’5 dioptrías) incapaz de discernir lo que acababa de ocurrir. ¿Cómo es posible que un país en grado 4 (de 5) de alerta terrorista permita que un joven lance un puñetazo al líder del Ejecutivo? A fin de cuentas, si le quitamos el místico efecto del poder y de la institución que preside, es un hombre de sesenta años.

Mariano Rajoy tras la agresión. Fuente: La Razón.

Mariano Rajoy tras la agresión. Fuente: La Razón.

Mariano Rajoy Brey (Santiago de Compostela, 1965) es el candidato más veterano de cuantos tienen opciones de habitar el Palacio de la Moncloa tras las elecciones generales del 20 de diciembre. Sabe que lo tiene difícil; no tanto por el desgaste que su Gobierno ha sufrido en los últimos cuatro años, como por la aparición de nuevos actores con posibilidades de gobernar frente al tradicional bipartidismo. Pero la principal rémora de Rajoy es él mismo.

El presidente no siempre ha dado esa imagen avejentada que ahora mismo representa el contrapunto de la “nueva política”: políticos jóvenes y con telegenia, que gustan a las cámaras, primero, y a los ciudadanos después. Meses después de licenciarse en Derecho, sacó las oposiciones a registrador de la propiedad, convirtiéndose en el más joven de España. Pero ahí no paró su fulgurante carrera, ya que la política se cruzó en su camino de manera fortuita: en 1981 le pidieron presentarse por Alianza Popular a las primeras elecciones autonómicas gallegas. Su misión era la de rellenar los últimos puestos de las listas, sin imaginarse en ningún caso ser elegido diputado.

La vocación de servicio público le viene de familia: su abuelo paterno, Enrique Rajoy, fue uno de los redactores del Estatuto de Autonomía gallego durante la Segunda República. Este antecedente republicano es algo que arrastraría al principio de su carrera Mariano Rajoy Sobredo, padre del presidente, que consiguió labrarse una imagen propia como juez dentro del régimen franquista. Su padre, como el propio Mariano Rajoy dice, ha sido la persona que más ha influido en él: “perfeccionista y algo introvertido, muy prudente”. Así lo define en su autobiografía En confianza, publicada pocos meses antes de ganar las elecciones del 20 de noviembre de 2011 con 186 escaños: una mayoría absoluta más abultada incluso que la de su mentor José María Aznar.

Porque si a alguien le debe algo Mariano Rajoy, probablemente sea al expresidente popular. Aznar fue quien lo trajo a la política nacional como ministro de varias carteras (Administraciones Públicas, Educación y Cultura, Presidencia e Interior) y como vicepresidente primero en su segunda legislatura. Además, fue el presidente de honor del Partido Popular quien apuntó su nombre en su “cuaderno azul” y lo eligió sucesor como líder de los conservadores (solo después de que Rodrigo Rato lo rechazara dos veces). Sin embargo, las relaciones ya no parecen tan buenas como antaño y quien ascendió a Mariano a la cúspide del partido, hoy reniega de su decisión.

Pero eso a Mariano Rajoy poco le importa. “Creo que es frío como un témpano, que es reservado, que tiene las ideas claras y que le da igual lo que digan los demás”, dice Cristina Pardo, periodista que ha seguido durante años la información del Partido Popular. Ni siquiera las opiniones de sus compañeros de partido han cambiado su forma de proceder: paulatina y pausada, cercana a la inacción, para desesperación de muchos. Tras tres fracasos electorales, o más bien victorias que supieron a muy poco, varias voces dentro del partido exigían cambios a Rajoy. Algunos, como el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, le pidieron “que se mire en el espejo” y considerase sus intenciones de repetir en La Moncloa. Mariano lo hizo: “Soy el mejor candidato”.

No así el líder de la oposición, Pedro Sánchez, que en pleno debate a dos en vísperas de la jornada electoral, le soltó al presidente que no había sido un político “decente”. “Hasta ahí hemos llegado”, dijo entonces Rajoy, dando paso a un bronco enfrentamiento que rebajó el debate al barro de las acusaciones y el “y tú más”.

“Diré la verdad sin adornos ni excusas, llamaré al pan, pan y al vino, vino”, pronunció en su discurso de investidura ante el Congreso en diciembre de 2011. Nada más lejos de la realidad: Rajoy ha sido un presidente alérgico a los medios de comunicación y a dar explicaciones en el Parlamento. Cercado por la corrupción, por la justicia que envió a la policía judicial a revisar la sede de su formación, cuestionado en su partido y más aún entre los votantes que no perdonan su incumplimiento del programa electoral; Mariano Rajoy resiste numantinamente. “Cuando habla con los periodistas sin cámaras, es un tipo con sentido del humor e irónico. Pero nunca está del todo relajado”, comenta Pardo. Quizá esto cambia cuando asiste a programas deportivos como comentarista invitado, donde se siente tan cómodo como para darle una colleja a su hijo de diez años, Juan, por su mal comportamiento. O, tras el incidente del puñetazo, donde quitó hierro al asunto declarando que él “había pegado carteles en Pontevedra… Donde siguen pegando”. Un claro ejemplo de retranca gallega.

Aunque últimamente Mariano haya redescubierto las posibilidades de los medios, concediendo más entrevistas en seis meses que en los tres años anteriores, ello no hace que los periodistas olviden su “plasma” con el caso Bárcenas. “Es lo peor que puede hacer un político”, afirma un gabinete psicológico en un perfil realizado al presidente. “Los niños cuando sienten vergüenza o miedo se esconden detrás de la pierna de la madre, buscan un parapeto que los tranquilice, con lo que nos estaría transmitiendo lo mismo”.

Atemorizado por las acusaciones de su antiguo tesorero, por las presiones de la economía nacional y por aquellos que quieren “hacerle la cama”, un puñetazo es lo que menos le quita el sueño. El presidente ha apartado el partido esta legislatura, centrándose por completo en La Moncloa y dejando la sede de Génova 13 en manos de la secretaria general María Dolores de Cospedal. La fórmula ha dividido a los populares entre “cospedalistas” y “sorayos”: Sáenz de Santamaría es la mejor posicionada para sustituir a Rajoy al frente del partido o del Gobierno. La mano derecha de Rajoy es también un ejemplo de esta “nueva política”: la única que podría hacer frente a Sánchez, Iglesias o Rivera, como ya hizo en el Debate Decisivo organizado por Atresmedia. Rajoy ya no es aquel jovencísimo diputado autonómico, sino un “señor de provincias”, como él mismo se define, que lo ha sido todo en política y eso no lo cambia una campaña electoral. Él lo ha dicho:  “Un vaso es un vaso y un plato es un plato”. Fin de la cita.

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