Comienza la campaña de la incertidumbre en Reino Unido

Cualquier escenario está abierto en Reino Unido de cara al referéndum sobre su pertenencia a la Unión Europea que se va a celebrar el próximo 23 de junio. Las encuestas mostradas la última semana son un buen reflejo de esta incertidumbre: el Financial Times revela un país partido en dos al respecto. El 43% de los votantes apoyaría la permanencia, frente al 42% que preferiría que Gran Bretaña siguiera su propio camino. Entre medias, un 15% de indecisos capaces de inclinar la balanza a un lado o a otro. Y no es un fenómeno aislado: si echamos un vistazo a las últimas encuestas publicadas, cada vez es menor la brecha entre ambas opciones y más son los sondeos que dan por ganadores a quienes quieren abandonar la UE.

El Ejecutivo conservador liderado por David Cameron ya se ha puesto manos a la obra apoyando la campaña de Britain Stronger in Europe (Gran Bretaña más fuerte en Europa), frente a la campaña a favor del no representada por Vote Leave (Vota abandono).

El pasado 7 de abril comenzó el envío a miles de hogares británicos de un panfleto titulado Por qué el Gobierno cree que votar para permanecer en la Unión Europea es la mejor decisión para Reino Unido. El documento resume el acuerdo al que llegó Cameron con los otros veintisiete jefes de Estado y de Gobierno de la UE el pasado 19 de febrero. Es decir, Gran Bretaña no se unirá al euro, no formará parte de una futura mayor integración política, mantendrá su control de las fronteras y también restringirá el acceso a ayudas a ciudadanos de países miembros de los veintiocho.

Nigel Farage, líder del euroescéptico partido de extrema derecha UKIP, devuelve el folleto en protesta

Además de defender sus líneas rojas, el folleto también glosa las ventajas de pertenecer al club europeo. Son, sobre todo, virtudes de carácter técnico y no político: una economía más fuerte debido a que el mercado único es su principal socio comercial, mayores facilidades a la hora de viajar dentro de las propias fronteras europeas y de acceder a servicios en estos países, y la contrapartida estratégica de pertenecer a uno de los principales núcleos de poder del mundo actual. No solo eso, sino que aparte del control propio de las fronteras que reclaman los británicos, también tendrían acceso a operaciones de inteligencia y de intercambio de información a escala europea, cada vez más importante por la amenaza del Daesh (acrónimo árabe del Estado Islámico).

Sin embargo, aunque oficialmente el Gobierno vaya a hacer campaña a favor de la membresía británica, lo cierto es que son profundas las divisiones internas en el Partido Conservador y en el propio Ejecutivo. El primer ministro afianzó su liderazgo del partido antes de las pasadas elecciones prometiendo la celebración de un referéndum antes de 2017, pero al mismo tiempo dejando abierta la posibilidad que defendería si se diera el caso. Revalidada su victoria (con mayoría absoluta, para sorpresa de todos los británicos, que habían visto cómo las encuestas reflejaban un empate e incluso la victoria de los laboristas), llegó la hora de cumplir su promesa electoral.

Y lo hizo: tras unas duras negociaciones, llegó a un acuerdo con el resto de miembros de la Unión Europea para asegurarse su campaña por el sí. Cameron conseguía un acuerdo que pudiera vender como una victoria ante su electorado y, sobre todo, su partido; los líderes de la Unión conseguían que el proceso de integración no pudiera dar marcha atrás, al menos de momento. Pero esto levantó ampollas en varios sectores del Partido Conservador: el alcalde de Londres, Boris Johnson -que aspira a hacerse con el liderazgo del partido- anunció su intención de apoyar la campaña por el “no”, así como el ministro de Justicia, Michael Gove. También el exministro de Trabajo y Pensiones, Ian Duncan Smith, dimitió de su cargo el pasado marzo: oficialmente su dimisión se debió a recortes “indefendibles” que había anunciado el Gobierno. De fondo, la cuestión europea: Duncan Smith se trata de un euroescéptico declarado. Y la situación del primer ministro no ha hecho más que empeorar con la aparición de su padre en los llamados Papeles de Panamá y su implicación en una trama societaria.

Los laboristas tampoco lo han tenido fácil a la hora de posicionarse sobre una hipotética salida del Reino Unido de la Unión Europea. Jeremy Corbyn, que asumió el liderazgo en septiembre de 2015 gracias al apoyo de sindicatos y los simpatizantes más jóvenes del partido, se ha mostrado en varias ocasiones bastante escéptico con el rumbo de la actual unión transnacional. La oportunidad ideal para un político cuyo discurso los británicos aprueban, pero a quien no ven al frente del Ejecutivo. Por primera vez el mes pasado, los ciudadanos valoraron mejor en una encuesta al veterano laborista que a Cameron (eso sí, ninguno se acerca al aprobado).

Corbyn se ha sumado esta semana a la campaña por la permanencia, declarando que su abandono sería “una quema de derechos” y que “no se puede construir un mundo mejor a no ser que te comprometas con el mundo”.

Por delante, diez semanas de campaña electoral que empezaron el viernes 15, en las que las dos principales organizaciones recorrerán el país para convencer a los ciudadanos de que su opción es la mejor y, sobre todo, para atraer a ese jugoso 20% de indecisos que pueden cambiar la historia de Europa.

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