La culpa de unos pantalones cortos

El otro día me ortigué por primera vez en muchos años. Rodeado de niños y sin mirar demasiado a mi alrededor, me acerqué a un pequeño murete de ladrillo que, sin ninguna duda, cuenta con un par de décadas más que yo. Un ligero roce, casi una caricia, fue lo que sentí a la altura de la pantorrilla. Entonces se activaron todas las alarmas que habían permanecido calladas desde que era un crío.

Miré al suelo y, en efecto, una solitaria ortiga que había brotado entre el cemento y el ladrillo jugueteaba, sinuosa, con mi pierna. Solté un exabrupto (apto para menores de 18. ¿Es que nadie piensa en los niños?) y me invadió de nuevo un pánico cuasi primigenio. PÁNICO, en mayúsculas, que me llevó a pensar en litros y litros de vinagre para tratar la erupción y en la fuerza de voluntad necesaria para no echarme a llorar allí mismo. Me recompuse pensando en los prepúberes que me rodeaban (¿Es que nadie piensa en los niños?) y fingí que no había pasado nada.

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