La culpa de unos pantalones cortos

El otro día me ortigué por primera vez en muchos años. Rodeado de niños y sin mirar demasiado a mi alrededor, me acerqué a un pequeño murete de ladrillo que, sin ninguna duda, cuenta con un par de décadas más que yo. Un ligero roce, casi una caricia, fue lo que sentí a la altura de la pantorrilla. Entonces se activaron todas las alarmas que habían permanecido calladas desde que era un crío.

Miré al suelo y, en efecto, una solitaria ortiga que había brotado entre el cemento y el ladrillo jugueteaba, sinuosa, con mi pierna. Solté un exabrupto (apto para menores de 18. ¿Es que nadie piensa en los niños?) y me invadió de nuevo un pánico cuasi primigenio. PÁNICO, en mayúsculas, que me llevó a pensar en litros y litros de vinagre para tratar la erupción y en la fuerza de voluntad necesaria para no echarme a llorar allí mismo. Me recompuse pensando en los prepúberes que me rodeaban (¿Es que nadie piensa en los niños?) y fingí que no había pasado nada.

Mientras simulaba normalidad ante el ardor en mi pierna (y en mi interior), la situación me recordó a una muy parecida cuando contaba con 6 ó 7 años. No sé exactamente por qué, pero por aquel entonces acabé con las piernas destrozadas por la reacción a la maldita planta. Mi reacción, como siempre, fue eximirme de responsabilidad y culpar a los pantalones cortos que llevaba. Enfadado e irritado (por dentro y por fuera) me negué a volver a vestir bermudas. Incluso ordené (ya era un pequeño general) que ni intentaran comprarme o ponerme esas prendas. Soluciones drásticas.

Esa lógica infantil supuso un castigo autoimpuesto: soportar los veranos con pantalón largo con tal de no volver a ortigarme. En algún momento decidí olvidarlo o sucumbí a las altas temperaturas y volví a enseñar las rodillas cuando el mercurio lo permitía.

Quince años después, el mismo castigo. Impuesto, esta vez. Bajo una lógica que se me escapa, está mal visto que los hombres acudamos a trabajar con pantalón corto. Los 40ºC en las calles no son óbice para el decoro del vaquero. Una rodilla masculina o una pierna sin depilar parecen aterrar oficinas y departamentos.

Todo parece indicar que existe un tufillo de machismo alrededor de esta práctica y abundan los hombres que, hastiados, deciden acudir con vestido a sus puestos de trabajo. No me veo enfundándome una falda, así que imaginaré que el asfalto está recubierto de ortigas.

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