El otro día pasé miedo

El otro día pasé miedo. Cinco palabras que parecen una obviedad, una afirmación de un peligro constante. El otro día pasé miedo. Y sucedió en el espacio público, en un viaje en tren de vuelta a casa.

Para un varón blanco, joven y de metro ochenta de altura el espacio público es como una prolongación del hogar, del espacio vital y del libre albedrío. Que el pulso se te acelere, el corazón te golpee en el pecho como si fuera un percutor y el sudor te recorra la espalda -y no por los cuarenta grados del verano madrileño- es algo que un hombre caucásico no siente. Los beneficios del heteropatriarcado, supongo.

No soy racista. Esta afirmación podría continuar con un “pero” o con alguna de esas manidas fórmulas, supuestamente graciosas y popularizadas por diversos programas de televisión, de gente que afirma ser “ordenada” y que sólo provoca que se agiten todos los ácidos de mi estómago. Pero es cierto, intento no serlo en la medida en que puedo controlarlo.

Por eso me sorprendió lo que sucedió en el vagón cuando un hombre, latinoamericano y en la treintena, se sentó en el asiento frente a mí. Soy curioso y tengo demasiados problemas para centrar mi atención, por lo que desvié, un momento, la mirada de la pantalla del móvil para ver a la persona que había tomado asiento. Supongo que él me vio.

El transporte público es una mina para la imaginación. También un conjunto de historias y de personas de todas las clases. Por eso, muchas veces, mientras escucho música y pienso en lo poco que me apetece acudir al trabajo y lo mucho que necesito dormir sin preocuparme del reloj, observo a la gente. El hombre del que hablo vestía una camiseta azul, algo ajustada -quizá hace unos meses sí era de su talla- y unos pantalones vaqueros, de esos que parece que les han tirado un chorro de lejía por encima. Se frotaba las manos, callosas, como quien intenta que el tiempo pase más rápido a fuerza de moverlas. En el dorso de una de ellas, la izquierda tenía una verruga.

Supongo que no le gustó el segundo vistazo rápido que le di. Enfurecido, se levantó clamando “Racistas. Como me vuelva a mirar, le parto la cara”. Quienes se sentaban al otro lado del pasillo lo miraron, él se sentó junto a ellos. “Son unos racistas. Miran así, sospechosos. Racista. Como me vuelva a mirar le parto la cara”.

En shock, mi única reacción fue mirar más fijamente el móvil e intentar y fingir más interés del que realmente me causaba el artículo sobre El Nani que estaba leyendo. Mientras él despotricaba y yo me hacía el loco, no podía más que intentar racionalizar todo lo que había sucedido mientras intentaba que mi mirada, inquisitiva, observase de reojo algo más que sus zapatillas de deporte azules y naranjas.

Y entonces pensé en lo difícil que lo habría pasado. Todo tipo de miradas que habría recibido, de hombres y mujeres lanzando las manos hacia sus pertenencias, comprobando que todo estaba en su sitio. De cuerpos en tensión, buscando alejarse al máximo posible de esa presencia disruptiva. Desde bien joven. Todo por ser latino. El desprecio y, en muchas ocasiones, el miedo que él mismo habría sentido se había enquistado hasta la violencia.

El otro día pasé miedo. Y no le reprocho nada a ese hombre. No sé si estaría bebido o drogado. Tampoco me interesa. Probablemente deberíamos sentir ese terror más a menudo para comprender a mujeres, transexuales y gente de otras razas que, de forma constante, reciben el desprecio del varón blanco.

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