Imaginen

Imaginen a un padre o a un hijo. Imaginen a una tía o a una sobrina. Imaginen a un abuelo y su nieta. Imaginen ahora una guerra fratricida en la que familias enteras quedaron divididas. Imaginen no volver a saber nada de aquellos familiares que tanto apreciaban: padres, hijos, nietos. Imaginen, incluso, saber dónde se encuentran pero no poder llevarlos consigo.

Imaginen ahora un país donde se dice que no hubo vencedores ni vencidos, pero donde sí los hubo. Figúrense ahora la situación en la que muchos de ellos tienen a sus familiares enterrados en un gran memorial a las víctimas de la guerra. Un monumento que buscaba “cicatrizar heridas” dejadas por la guerra.

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